EDUCACIÓN VERDADERA
Escrito por D.Santiago Arellano, on 27-04-2010 16:50

    

 

     No me es posible ofrecer, en el espacio de esta página, el texto completo de la carta que le dirige Juan Rufo a su hijo, exponente de un hermoso tratado de educación católica. Son cerca de cuatrocientas redondillas. En ellas va trasmitiendo a su hijo su visión de la vida y los valores que  desea que su hijo incorpore a su ser personal, cuando sea mayor. Juan Rufo, alejado de su familia por razón de su cargo, secretario de Don Juan de Austria, le escribe esta carta a su hijo cuando está a punto  cumplir tres años. La primera parte se ha convertido en un documento en el que recoge todos los juegos infantiles. El poema se cierra con ese epílogo genial en el que resume en cuatro versos la visión de la vida de un español verdadero, presagio del barroco, pero ya entorno a 1570:

 

Inclusa

La vida es largo morir, 

y el morir, fin de la muerte:

procura morir de suerte,

que comiences a vivir.

 

 

     La segunda parte es la más larga. En la primera, la actitud del padre jugando con el niño, al que genialmente contempla como un anciano y haciendo niñerias que sólo se justifican por estar con su hijo es toda una lección de arte de enseñar. Pero más, si cabe, en la segunda, pues consciente de lo frágil de la naturaleza humana, decide ejercer su obligación de transmitirle lo mejor de su experiencia. Como decían los antiguos, en letras de oro copiaría nada más que estas tres redondillas en el zaguán de nuestros hogares y en la puerta de los departamentos didácticos:

              

Mas cuando sufra tu edad

tratar de mayores cosas,

con palabras amorosas,

te enseñaré la verdad,

no con rigor que te ofenda,

ni blandura que te dañe,

ni aspereza que te extrañe,

ni temor que te suspenda,

antes con sana dotrina

y término compasado,

conforme soy obligado

por ley humana y divina.

 

     Es perniciosa para la educación cualquier actitud que induzca a los jóvenes a la indiferencia o al escepticismo. El padre sabe que tiene que enseñarle la verdad. Despertarle el amor a la verdad, ese rigor interior por el que no es lo mismo decir ni expresar de una manera o de otra las ideas ni renunciar a buscar  el nombre que requiere cada cosa; esa finura cultivada que nos obliga a utilizar la palabra precisa, y a organizar lógicamente el pensamiento. Todo ello nos prepara para estar dispuestos a encontrarnos con el maravilloso hallazgo de la verdad. Y sólo la verdad nos hace libres.

 

     Para este objetivo ni sirven rigores que exasperan y cansan, ni blanduras que terminan haciendo daño. En cuatro palabras Juan Rufo nos ofrece todo un tratado de pedagogía, porque ni la aspereza ni el temor ayudan a la educación de nuestros hijos y alumnos. Dos son los requisitos indispensables: primero, palabras amorosas ( Ni el hijo ni el alumno aprende, si no se siente en su  interioridad, querido); segundo, con término acompasados, es decir, con palabras adecuadas a la edad. Uno, el contenido: sana doctrina. Y finalmente conciencia de que se está cumpliendo un deber doble: ley humana (esa es nuestra condición) y divina (esa es nuestra grandeza).

 

     El resto de la poesía es un elenco de virtudes humanas que  le sugiere para que viva con dignidad. Y un desprecio de los vicios: No a la mentira, a la envidia, a divulgar rumores dudosos, a la avaricia. Sí a la mesura en todo. Siempre conciencia del tiempo.

 

Y contino se te acuerde

de que el tiempo bien gastado,

aunque parezca pasado,

no se pasa ni se pierde.

 

     Como hombre de nuestro grandioso siglo XVI no le resta más que  recordar  sus compromisos con Dios , la familia y el prójimo. Y tras esto ya puede uno entrar al ruedo de la vida:

 

Oye misa cada día,

y serás de Dios oído;

témele, y serás temido,

como un rey decir solía.

Ama su bondad, y en Él

amarás sus criaturas,

y serán tus obras puras

en este mundo y aquél.

Téngate Dios de su mano;

y, para que el bien te cuadre,

sirve a tu hermosa madre,

ama a Juan tu dulce hermano,

y no me olvides. Tu padre.

 

 

                CARTA QUE JUAN RUFO ESCRIBIÓ A SU HIJO SIENDO MUY NIÑO (Fragmento)

 

Dulce hijo de mi vida,

juro por lo que te quiero

que no ser el mensajero

me causa pena crecida...

Mas cuando sufra tu edad

tratar de mayores cosas,

con palabras amorosas,

te enseñaré la verdad,

no con rigor que te ofenda,

ni blandura que te dañe,

ni aspereza que te extrañe,

ni temor que te suspenda,

antes con sana dotrina

y término compasado,

conforme soy obligado

por ley humana y divina.

Mas pues la vida es incierta,

y no sé, por ser mortal,

si al entrar tú por umbral

saldré yo por la otra puerta,

esto que escribiere aquí

con paternal afición,

en los años de razón

traslada, mi hijo, en ti.

Verás la fe encarecida

con que pude y quise amarte

y quisiera gobernarte

en las ondas de tu vida,

en cuyo corto viaje

hallarás tormentas largas,

mudanzas, disgustos, cargas

y mal seguro pasaje.

Verás que cada animal,

conforme su inclinación,

sigue la disposición

de su instinto natural,

y sólo el hombre pervierte

sus justas obligaciones,

si no vence sus pasiones,

como valeroso y fuerte.

Sabe, hijo, que, si vas

por el derecho camino,

un espíritu divino,

un ángel parecerás.

Mas si tuerces la carrera

en esta vida mortal,

quedarás de racional

transformado en bestia fiera.

Y ya que no por igual

trates a los desiguales,

no les quites, sino dales

en su tanto a cada cual.

Ten siempre puesta la mira

en tratar pura verdad,

porque es gran calamidad

el ser cogido en mentira.

................................

No aflijas al afligido;

que, a las veces, el que ha errado

tiene enmienda consolado,

mejor que reprehendido.

No fíes en los placeres,

porque pasan como viento;

y cuando estés descontento,

disimula si pudieres;

porque el mal comunicado,

aunque dicen que es menor,

no arguye tanto valor

como el secreto y callado.

Holgar con el bien ajeno

es ser partícipe del,

piedra de toque fiel

en que se conoce el bueno.

Las blancas sienes, que son

lustre, corona y riqueza,

si el seso tiene pobreza,

lastiman el corazón...

Las horas son para orar,

y el que ignora es un orate,

como el que espera combate

sin armas para lidiar;

Obra con peso y medida,

y cogerás con decoro

de las horas aquel oro

que enriquece más la vida;

Y contino se te acuerde

de que el tiempo bien gastado,

aunque parezca pasado,

no se pasa ni se pierde.

Todo el tiempo que vivimos,

hacia el morir caminamos,

rodeando, si velamos,

y atajando, si dormimos.

No quiero decirte más;

que lo divino y humano

es un fácil canto llano,

si razón lleva el compás.

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