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MATEO RICCI(1522-1610):EL PRIMER MISIONERO DE CHINA PDF Imprimir
Escrito por Jesús Amado Moya   
Martes, 26 de Enero de 2010 10:53

    

     El pasado 6 de mayo Benedicto XVI dirigía un mensaje al obispo de Macerata (Italia) con motivo del cuarto centenario de la muerte del sacerdote jesuita Matteo Ricci.

  

     En el mismo, los elogios con que el Papa define al P. Ricci no pueden ser más significativos: “Modelo de encuentro beneficioso entre la civilización europea y la china”, “ministro obediente de la Iglesia e intrépido e inteligente mensajero del Evangelio de Cristo”, “…modelo de diálogo y de respeto por las creencias de los demás, hizo de la amistad el estilo de su apostolado durante los veintiocho años que permaneció en China”.

  

     Añade el Papa como deseo final que “las manifestaciones jubilares en su honor -encuentros, publicaciones, exposiciones, congresos y otros eventos culturales en Italia y en China- brinden la oportunidad de profundizar en el conocimiento de su personalidad y de su actividad”. En el Vaticano se ha inaugurado una exposición con el nombre "En la cima de la historia. Padre Matteo Ricci, entre Roma y Pekín".

 

     Merece, pues, la pena redactar una semblanza algo detenida de este insigne misionero jesuita. Su intensa labor en China supuso el mayor intercambio cultural entre Europa y China hasta aquel momento. Gracias a Ricci, los conocimientos técnicos, matemáticos y cartográficos de Europa entraron en China, y fue él quien fundó las primeras comunidades católicas en el país.

 

 

     El año 1552, el mismo en que san Francisco Javier moría en la isla de Sancián, a las puertas mismas de China, nacía en la ciudad italiana de Macerata Mateo Ricci, quien haría realidad el postrer sueño misionero del santo navarro: entrar en las tierras de China. El 15 de agosto de 1571, con 19 años de edad, Matteo solicita su ingreso en la Compañía de Jesús, en el Colegio Romano.

 

     Es clave en la vida del P. Ricci la formación que adquiere en la Compañía en estos años de juventud. A lo largo de cuatro años tuvo como profesor de matemáticas al jesuita Christophorus Clavius, profesor brillante, que creía con vehemencia en el valor del conocimiento científico. De la mano de Clavius, Ricci estudió a fondo materias tales como aritmética práctica, geografía, el astrolabio (para calcular el movimiento de los planetas y las estrellas), perspectiva, elaboración de calendarios perpetuos, tablas planetarias, arte de hacer relojes, óptica, astronomía basada en la observación, agrimensura, música, geografía, geometría y otras materias por el estilo.

 

     Providencialmente todo ello le sería de enorme utilidad en su futura tarea misionera en China. A todo ello hay que sumar en Ricci una innata capacidad memorística.

 

     Durante sus años de estudio en Roma, solicita ser enviado a las misiones de Oriente, y le es concedido. Parte de Roma en el verano de 1573 y se aloja en Coimbra (Portugal), donde aprende portugués. El 24 de marzo de 1578, Ricci parte de Lisboa hacia Goa con una pequeña flota que constaba de tres barcos: el San Gregorio, el Buen Jesús y el San Luis. Los catorce jesuitas que formaban la expedición se repartieron entre los tres navíos: Ricci fue asignado al San Luis.

 

Rumbo a China

 

     Fue en esta travesía marítima, de seis meses de duración, donde Ricci se estrenó a la vida del mundo como hombre de Iglesia en ejercicio (aunque aún no había sido ordenado y se inscribió como “estudiante de teología”). El barco era un microcosmos de la vida que le aguardaba, con su mezcla de peligros, relaciones sociales sin experiencia previa, incomodidades físicas, falta de privacidad…

 

     Los jesuitas se las arreglaban para llevar a cabo sus propias devociones: una hora de oración al alba, confesiones cada ocho días, lectura de los Ejercicios Espirituales y poemas piadosos y, por supuesto, los dos exámenes de conciencia diarios que Ignacio de Loyola había considerado de tanta importancia para la evolución de la vida espiritual. Al anochecer se celebraba la Misa, en armonías a dos voces, mientras los miembros de la tripulación se arrodillaban en la oscuridad. En los días festivos, incluso se celebraban procesiones completas por los barcos.

 

     A pesar de la fama legítima de la marinería portuguesa, las tripulaciones a menudo eran inexpertas o incompetentes, habiéndose registrado que un capitán averiguó que su tripulación —recién reclutada en el campo— era incapaz de decir qué lado del barco era babor y cuál estribor hasta que ató cabezas de ajo en un lado y una ristra de cebollas en el otro.

 

     Las enfermedades se propagaban con frecuencia y rapidez atroces. Eran tales las fatigas en estos larguísimos trayectos, que de los que partían para la India, morían el 29%, y de los que marchaban para la China y el Japón, sucumbían en la travesía el 74%.

 

     Nicolás Spinola, compañero de Ricci en esta travesía, una vez en tierra escribió a sus superiores en Roma: «Los que deseen viajar a la India no deberían estar muy apegados a la vida sino preparados en todo momento para morir, con gran fe en Nuestro Señor y un gran deseo de sufrir, preparados para mortificar todos los sentidos, porque aquí uno aprende a conocerse a sí mismo con la experiencia, no con la reflexión teórica».

 

Aprendizaje de la lengua china

 

     El 13 de septiembre de 1578 llega por fin Ricci a Goa, primera población de la India. Allí estudia teología, mientras enseña latín y griego. En julio de 1580 es ordenado sacerdote. Y el 26 de abril de 1582 inicia una nueva travesía marítima, esta vez a Malaca y Macao, adonde llega el 7 de agosto. Aprovecha su estancia aquí para iniciar el aprendizaje del idioma chino. Sus habilidades mnemotécnicas hacen que, lejos de sentirse consternado por la dificultad de la lengua, se sintiera entusiasmado, casi jubiloso. Escribe a su antiguo profesor Martino de Fornán en febrero del año siguiente: «Últimamente me he dedicado al estudio de la lengua china. Al hablarla, hay tanta ambigüedad que hay muchas palabras que pueden significar más de mil cosas, y en muchas ocasiones la única diferencia entre una palabra y otra es la forma de pronunciarlas, alto o bajo, en cuatro tonos diferentes. Así, cuando los chinos hablan entre sí, escriben las palabras que desean decir para asegurarse de que entienden, porque todas las letras escritas difieren las unas de las otras. Tienen tantas letras como palabras y cosas, así que hay más de 70.000 de ellas, cada una completamente diferente y compleja».

 

     El P. Ricci estudió con tal ahínco que después de sólo cinco meses se sentía capaz de escribir correctamente cualquier ideograma que se le mostrara. A partir de sus cartas podemos explorar algunas de las fases de su arduo avance. A mediados de 1584, el P. Ricci predicaba algo y oía confesiones de vez en cuando. En octubre de aquel año empezaba a hablar sin intérprete y se sentía capaz de leer y escribir mediocremente. En noviembre de 1585, hablaba con soltura y leía casi todo.

 

La cartografía y el  primer éxito apostólico

 

     El 10 de septiembre de 1583 se establece el P. Ricci en tierras de China, concretamente en Zhaoqing. Durante su residencia allí dibujó un mapamundi, con los nombres de los países escritos en equivalentes fonéticos en chino, y lo expuso en la casa de la misión. Los numerosos habitantes pudientes que iban a visitarle se sorprendieron e interesaron al ver su propio país en un contexto mundial. Uno de ellos, sin el permiso del padre Matteo, copió el mapa y ordenó que se hicieran grabados en madera de la copia. Estos grabados se diseminaron de forma generalizada, y llegaron a tener enorme aceptación. Las breves notas explicativas del P. Ricci sobre diversos países, escritas en caracteres chinos pequeños pero nítidos, sirvieron para presentar su civilización a los curiosos, aun cuando él no estuviera presente. Ricci adoptó la forma de vestir china, e intentó una adaptación del cristianismo a la realidad china. Esta actitud fue motivo de alguna incomprensión en occidente, pues se veía con reticencia cualquier intento de adaptar los ritos a las costumbres chinas en la evangelización de China. Su primera obra en chino, de las veinte que escribió fue un tratado con el título De la amistad.

           

Una memoria prodigiosa

 

     En 1589 el P. Ricci es expulsado de  Zhaoqing por mandarines hostiles, y se traslada a Shaozhou. De aquí pasa en 1595 a Nanchang. Es aquí donde acaece la anécdota que tanta fama le proporcionó. Oigámosle:

 

«Un día, cuando unos poseedores del título literario de primer grado me invitaron a una fiesta, ocurrió algo que me confirió gran reputación entre ellos y entre los demás hombres de letras de la ciudad. Todo consistió en que yo había construido un sistema de lugares de la memoria para muchos de los ideogramas chinos y, estando en buenas relaciones con estos hombres de letras y movido por el deseo de que me reconocieran algún mérito y de proporcionarles pruebas de lo que sabía de las letras chinas, consciente de la importancia que esto revestía para el servicio y la gloria de Nuestro Señor y para nuestra finalidad, les dije que escribieran una gran cantidad de letras chinas de la forma que eligieran en una hoja de  papel, sin que hubiera ningún orden entre ellas, porque después  de leerlas sólo una vez, sería capaz de decirlas todas de memoria de la misma forma y en el mismo orden en que se hubieran escrito. Así lo hicieron, escribieron muchas letras sin ningún orden, todas las cuales, después de leerlas una vez, pude repetir de memoria de la forma en que estaban escritas: de tal manera que se quedaron asombrados, ya que les pareció asunto de gran interés. Yo, por aumentar su admiración, empecé a recitarlas todas de memoria y en sentido inverso de la misma manera, empezando por la última hasta llegar a la primera, con lo que todos se quedaron completamente pasmados y como si estuvieran fuera de sí. Enseguida empezaron a rogarme que accediera a enseñarles esta regla divina mediante la cual se lograba tal memoria. De inmediato mi fama empezó a difundirse tan rápidamente entre los hombres de letras que perdí la cuenta de todos los poseedores de títulos y de otras personas importantes que vinieron a preguntarme si estaba dispuesto a enseñarles esta ciencia y a que me contrataran como maestro; y me hicieron cumplidos como lo harían con un maestro, y también me ofrecieron dinero como lo harían con sus maestros.

 

“Les repliqué que no acepto dinero por enseñar mi doctrina y que, ahora, al no haber terminado de establecerme todavía, y al no tener un amigo conmigo, ni una casa preparada, y al estar tan espantosamente ocupado con estas visitas, simplemente no podía acceder a ello. Pero que cuando, con el tiempo, me hubiera establecido y organizado una residencia, intentaría satisfacerlos. Porque de verdad parece que este sistema de lugares de la memoria se hubiera inventado para las letras chinas, para las que resulta especialmente eficaz y útil, en el sentido de que cada letra es una figura que significa una cosa».

 

     Impresionando a los chinos con sus aptitudes de memorización, el P. Ricci esperaba despertar su interés por su cultura; e implicar a los chinos en sus logros científicos. El objetivo de fondo, no obstante, era que fueran más receptivos al conocimiento de Dios y de la fe cristiana.

 

     Fue con esta intención, tal como le comentó a Clavius, que cinceló mensajes en chino en el pedestal de los relojes de sol ajustables, señalando la flaqueza del empeño humano si no se sustentaba en cierto grado de entendimiento de la gracia de Dios, y advirtiendo a quienes observaban pasar el tiempo en la esfera del reloj de sol que no era posible recobrar el pasado ni prever el futuro, sino que debían hacer el bien durante el presente, cuando tuvieran la oportunidad.

 

Amistades y conversiones

 

     Las relaciones personales y la formación en ciencias confluyeron en la metodología de conversión que Ricci desarrolló a finales de la década de 1590; e indudablemente puede afirmarse que su esperanza de atraer a la fe cristiana a algunos letrados chinos importantes a través del debate riguroso de asuntos científicos resultó estar justificada. En 1597 Ricci es nombrado superior de la misión en China.

 

     Uno de los primeros amigos de Ricci en China, Qu Rukuei, a pesar de que en un principio acudió a aquél porque creía que tenía poderes alquímicos, se quedó para estudiar Sfera de Clavius y realizar una traducción preliminar de la primera obra de Euclides, y se convirtió al catolicismo en 1605. A su vez, esta traducción impresionó mucho al burócrata de alto rango Li Zhizao, que se había acercado a Ricci por admiración a su labor cartográfica. Después de mantener largas conversaciones sobre el significado de esta geometría y una colaboración conjunta en relación con varias obras matemáticas, Li por fin se convirtió en 1610, justo antes de que Ricci muriera.

 

     Al fin, en 1601, se autoriza al P. Ricci a residir en Pekin, atraído por la amplitud de sus conocimientos e identificación con la cultura china.

 

Delante del emperador

 

     Ricci envió al Emperador un reloj cuyo complejo mecanismo fue causa de sorpresa general en la Corte, sorpresa que se aumentó cuando la extraña maquinaria, por falta de cuerda, se detuvo, sin que ninguno de los sabios chinos pudiera explicarse el fenómeno ni poner de nuevo en marcha el reloj. Hubo entonces que llamar a Ricci, quien de esta manera pudo penetrar en el recinto de la Ciudad Sagrada, residencia del Emperador, y ganarse de manera tan completa la amistad y administración del Monarca, que poco después se le confió la educación del Príncipe heredero y se le otorgó el inusitado privilegio de ser el único mortal al que se permitía permanecer sentado en presencia del Monarca.

 

     No se crea, sin embargo, que la prudencia manifestada por Ricci en la iniciación de las tareas propiamente evangélicas, revelaba descuido o indiferencia de su parte. El gran misionero había comprendido que la propagación del catolicismo en una sociedad tan culta y orgullosa de sus tradiciones, sólo podía cumplirse a través de un gradual proceso de traducción de las grandes verdades del credo cristiano al simbolismo propio de las religiones orientales, como lo habían hecho los primeros Padres de la Iglesia en la conquista de la cultura helénica. Como ha escrito Arnold J. Toynbee,  “Mateo Ricci prestó a la cristiandad el servicio que Clemente y Orígenes le prestaron a la misma fe en Alejandría mil cuatrocientos años atrás.”

 

     Por inspiración de Ricci se comenzó a decir la misa en chino y no en latín, a fin de que la aguda mente de los conversos chinos pudiera captar el profundo significado del gran rito del catolicismo y Ricci consagró gran parte de su tiempo a profundizar los problemas teológicos, cuya solución habría de permitirle presentar con vestiduras orientales, familiares a la mente china, los dogmas centrales del credo católico.

 

 “Son ellos la causa de mis canas”

 

     Finalicemos con algunos rasgos más íntimos de este admirable misionero, cuya causa de beatificación se abrió en 1984.

 

     En una carta del 28 octubre 1595 a su amigo de la infancia en Macerata, Girolamo Costa, se confidencia: «No debo olvidarme de contarte un sueño, que tuve hace unos días después de llegar a este lugar. Estaba de pie, melancólico por el triste resultado de mi intento, y por las penurias del viaje, cuando me pareció que me encontraba con un hombre al que no reconocí, que me dijo: “¿Así que eres tú quien acaba de viajar por este país, intentando destruir sus leyes vetustas y sustituirlas por la ley de Dios?”. Y yo, sorprendido de que esta persona pudiera penetrar tan hondo en mi corazón, pregunté a mi vez: “¿Eres el demonio o Dios?”. Y él replicó: “No el demonio, sino Dios”. Así que me postré a sus pies, llorando, y dije: “Si tú, mi Señor, sabes esto, ¿por qué no me has prestado hasta ahora ninguna ayuda?”. Y él me contestó: “Entra en la ciudad” —y aquí me pareció que me mostraba Pekín— “y allí te ayudaré”. Entré en la ciudad lleno de fe y la atravesé sin ninguna dificultad. Y éste fue mi sueño». Ricci deja constancia de que se despertó, los ojos aún llenos de lágrimas, y refirió el sueño a su único compañero en la barca, su profesor de lengua y amigo Zhong Mingren, un converso chino y candidato a ingresar en la Compañía de Jesús.

 

     Los chinos se maravillaban, le comentó a su hermano Horacio, de que fuera canoso y de que «aunque no fuera de edad avanzada ya pareciera tan viejo». «No saben», añadió, «que son ellos la causa de estas canas.» En otra carta de agosto de 1595 dirigida a su superior en Macao, le indica que Dios había elegido darle doce años de penurias y humillaciones.

 

     Se sabe que en ocasiones el P. Ricci dirigió los ejercicios espirituales ignacianos. Concretamente en 1591, a un converso llamado «Cotunhua» en la ciudad de Shaozhou. La segunda vez a con un amigo de Cotunhua, el letrado Qu Rukuei.

 

     En 1593 el P. Petris, compañero del P. Ricci, cayó enfermo de gravedad. Después de confesarse por última vez, el P. Petris se levantó de la cama y se abrazó al P. Ricci tomándolo por el cuello. Cuando éste se soltó suavemente y trató de tranquilizar al moribundo diciéndole que se iba a recuperar, los dos misioneros permanecieron uno al lado del otro, bañados en lágrimas que impidieron que les salieran las palabras No hay ningún otro pasaje tan lleno de emoción personal en ninguna otra parte de los escritos de P. Ricci.

 

Muerte y reconocimiento

 

     Uno de los primeros días de mayo de 1610 regresó de una ronda de visitas por la ciudad de Pekín y se acostó en su cama de la misión jesuita, agotado, con dolor de cabeza. Cuando le dijeron que probablemente se recuperaría pronto, el P. Ricci replicó: «Ni mucho menos. La causa de esta enfermedad es tener demasiadas cosas que hacer, y resultará mortal». El 8 de mayo, por la noche, hizo la confesión general con el P. Ursis. La tarde del día siguiente entró en un delirio que duró toda la noche y gran parte del 10 de mayo. En este intervalo, susurró sin cesar su deseo de convertir a los chinos y al emperador. La noche del día 10 recibió la extremaunción. El 11 de mayo, por la noche, se incorporó en la cama, cerró los ojos, y murió.

 

     El P. Ricci fue enterrado dentro de la ciudad, siendo el primer occidental inhumado en territorio chino. Las exequias del "Santo Doctor Li", como le llamaban familiarmente los chinos, constituyeron un verdadero acontecimiento y la conmoción que su fallecimiento produjo en el pueblo y en la Corte pusieron en evidencia la histórica labor realizada por este misionero genial, en quien se encarnaron, de manera eximia, las mejores virtudes de los discípulos de Ignacio de Loyola. Como la fastuosidad de sus exequias, sumada a la influencia de que disfrutaban los misioneros en China, dieron materia para murmuraciones y protestas por parte de los letrados y mandarines que habían sido desplazados por ellos en los últimos años, el Emperador ordenó al Primer Ministro expedir un decreto, verdaderamente inusitado en la vida oficial china, cuyo texto mostraba las dimensiones de la hazaña cumplida por el P. Ricci: « El Maestro Li -rezaba el decreto- ha sido el primero que ha venido del Lejano Oeste a China para enseñar aquí el cristianismo. El Emperador lo ha acogido como su huésped, le ha señalado una pensión y ha pagado su entierro... Creed que en el pecho de estos sabios sacerdotes del Lejano Oeste no anidan ni el apetito de la gloria ni la codicia... Os digo, pues, sabios y pueblo, que desistáis de vuestros prejuicios, venzáis toda aversión, toméis los libros de los blancos del Oeste y los estudiéis a fondo. Sacaréis enseñanza de ellos y entonces os producirán repugnancia vuestros pasados errores».

 

     La estela funeraria del P. Mateo Ricci, que marca su tumba en Beijing, es hoy un lugar visitado y respetado. Es un gran patio en el que destacan las estelas funerarias del  P. Ricci y otros dos jesuitas, los padres Schall y Verbiest, que fueron quienes levantaron el Observatorio Astronómico de los Jesuitas, en una colina junto a la Corte Imperial.  Hay en ese patio sesenta estelas de misioneros: jesuitas, franciscanos y otros. El cementerio se cuida hoy como un monumento histórico importante.

 

     En el Concilio Vaticano II los obispos chinos presentes pidieron por unanimidad al Papa que la causa de beatificación de Ricci fuera introducida, hecho que tuvo lugar en 1978.

 

Última actualización el Martes, 26 de Enero de 2010 10:56
 
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