| Escrito por D.Santiago Arellano, on 12-01-2010 19:20 |
Dime Padre común pues eres justo
¿Por qué ha de permitir tu providencia
que, arrastrando prisiones, la inociencia,
suba el fraude a tribunal Augusto?
Quién da fuerzas al brazo que robusto
hace a tus leyes firme resistencia,
que el celo, más que la reverencia,
gima a los pies del vencedor injusto?
Vemos que vibran victoriosas palmas
manos inicuas, la virtud gimiendo
del triunfo en el injusto regocijo."
Esto decía yo, cuando riendo
celestial ninfa apareció, y me dijo:
"¡Ciego!¿Es la tierra el centro de las almas?"
No es infrecuente que se nos altere la paciencia al ver que no siempre el bien tiene la recompensa asegurada, al menos en este mundo. Uno quiere que sus hijos, allegados o próximos, cuando son honestos y honrados en su vivir y en su pensar, tengan el reconocimiento merecido de su rectitud. Mas ¡en cuántas ocasiones la experiencia evidencia lo contrario, hasta hacernos perder en ocasiones la certeza en la conveniencia del bien obrar!. Estamos tratando de un asunto de extrema importancia para la educación.
La picaresca y el realismo conformista afirman sin sonrojo que al bueno se lo comen hasta las moscas y que debemos medir a los demás con la vara de medir que se encuentre en uso. Con estas claves, el desenlace final estamos hartos de conocerlo, es el que la historia nos repite: la violencia; que se da en las grandes escalas y, por desgracia también, en las reducidas de los ambientes familiares. La astucia, el engaño, la mentira, el fraude, la desconsideración, la traición, con guanta blanco o de hierro, sale a menudo mejor parada que la virtud, aunque después seamos testigos del sufrimiento…
Una vez más es necesario acudir al punto de partida, al meollo de la vida y de la educación, ¿ qué considero sobre mi aspiración máxima, en qué consiste mi esperanza sobre mi felicidad? ¿Creemos de verdad que después de esta vida existe otra? Si todo acaba aquí desde luego los cristianos somos los más necios de los hombres, como nos amonestó San Pablo.
En modo alguno estamos defendiendo que uno tiene que callarse ante toda injusticia y sufrir con paciencia los abusos de los demás. De ninguna manera. En ocasiones, sobre todo cuando la injusticia cae sobre quien no sabe o no puede defenderse, estamos obligados en conciencia a asumir subsidiariamente la protección.
La doctrina católica, el magisterio de la Iglesia, nos enseña una y otra vez, que en el bien se puede ser feliz, que en el cumplimiento de las obligaciones, que, según el estado a que cada uno nos corresponden, se puede ser, no sólo felices, sino encontrarnos en armonía interior plena .La desazón o la insatisfacción, fenómenos que manifiestan estados de la conciencia, algo dicen, aunque sea transitoriamente, del malestar por el que atraviesan quienes no aceptan que vivir y obrar sean concordes. El bien obrar engendra felicidad.
El soneto, como su autor, no se anda con rodeos. ¿Nos hemos de engañar al afirmar que es más habitual que sea reconocido como bien lo injusto que lo justo? Mentiría si no os lo reconociese yo, que he ocupado cargos de responsabilidad, ¿Me atrevería a desmentir el aserto? No, de ninguna manera. En mi vida profesional me ha hastiado el engaño que me venía de los demás. Yo no lo he necesitado. He dicho siempre la verdad. Pero los demás no me creían. Descubrí pronto que la verdad que les decía no se la podían creer. La verdad me abría el camino. Ellos no sé la creían. ¡Se puede triunfar también con la verdad!
Es experiencia vivida que el mal no solo está acostumbrado a triunfar sino a regocijarse. El soneto de Bartolom de Argensola no es clásico sólo por su desenlace sino por la crudeza con que describe el regocijo del mal. Su descripción realista, no contra el hacer de sus días, sino por su perenne actualidad, nos retrata la vacuidad de la acción ambiciosa, es el hoy como ayer , mañana como hoy y siempre igual…
Sin embargo la pregunta va a lo fundamental: tu Providencia. La acusación no puede ser más certera, sin rodeos ni paliativos. ¿Acaso vamos a ocultar la evidencia de que en manos del Dueño del mundo, que encima es “Padre común y que además es bueno”, está su acontecer?-.
Por más que intensifiquemos las diatribas será difícil encontrar algo más contundente que lo denunciado en los once versos del soneto. Sin embargo todo se derrumba en el último verso. Con la reciedumbre de las estructuras clásicas, el último verso cierra el soneto y, a un poema de denuncia, lo convierte en obra de exaltación y proclama y para colmo por medio de una pregunta que exige el asentimiento del lector. No es fácil conocer un texto que cambie con tal contundencia la estructura de casi todo el poema en solo el último verso. La atención tiene que golpear con toda su fuerza a lector: “necio”. El necio tiene más razón que un santo, pero es “necio”, ignora la sublime verdad : “¿Es la tierra el centro de las almas?". Y en ese centro se nos derrumba todo nuestro enfado anterior..
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