| Escrito por Javier Fumero, on 01-01-2010 11:45 |
La polémica sobre la retirada de los crucifijos de las escuelas españolas, de plena actualidad tras la maniobra del PSOE, nos sitúa una vez más ante ese debate abierto, nada pacífico, sobre la presencia de símbolos religiosos en nuestra sociedad.
Mi posición en esta cuestión es la siguiente. Soy un laicista convencido. El cristianismo defiende y promueve una clara distinción entre Estado y religión. Por eso soy laicista. No quiero a ningún gobierno promulgando leyes a favor de la asistencia a misa, obligando a los ciudadanos a adorar a un Dios determinado o exigiendo el cumplimiento de unas devociones.
Defiendo la libertad de las conciencias por encima de cualquier totalitarismo, una idea por cierto muy cristiana. De ahí, por ejemplo, la hostilidad que mostró el nazismo hacia los hombres de fe, también hacia los católicos. Una animosidad que se basaba en la idea de que el Estado lo es todo.
Dicho esto, no entiendo a quien dice que en la vida pública no debe haber sitio para Dios. La religión ofrece al hombre una visión para toda la vida, no sólo para la espiritual. Para quienes defienden los valores fundamentales de la fe, estos deben manifestarse también públicamente.
Pero no. El laicismo ha dejado de ser ese elemento de neutralidad, que abre espacios de libertad para todos, y se ha convertido en una ideología que pretende imponerse a través de la política. Y su objetivo es impedir cualquier espacio público a la visión católica y cristiana. El mundo, al revés.
De ahí el empeño de algunos por marginar a Dios. En la vida política resulta casi indecente hablar de Dios: se entiende como un ataque a la libertad de quien no cree. Pero no sólo en la política. En la economía, en la televisión, en el supermercado, en la cultura, ¡en la propia vida privada!... existe un temor reverencial a mostrar vidas cristianas, a mostrarse como creyente.
El laicismo –ese laicismo con el que yo no me identifico- se vuelve entonces intolerante, excluyente, beligerante. ¿Quién está actuando ahora como un fanático? ¿Hasta dónde están dispuestos a llegar en su afán por consumar el atropello y eliminar de nuestra sociedad cualquier referencia a la religión?
¿Van a prohibir la Semana Santa de Sevilla, la Romería del Rocío, la procesión del Corpus en Toledo (que encabeza don José Bono) o la Feria de San Isidro en Madrid? ¿Van, efectivamente, a cambiar el nombre de la Navidad para pasar a hablar de las “vacaciones de invierno”, sembrando la ciudad –como hace Gallardón y su consejera Alicia Moreno- de palabritas que fomenten el buen rollo tipo: “serpentina, lujuria, abeto, cachondeo”?
¿Promoverán la retirada de los Cristos de Velázquez o las Vírgenes de Murillo de nuestros museos, por ofensivos? ¿Se eliminarán topónimos tan políticamente incorrectos como el de Navas de San Juan, Villanueva del Arzobispo, San Sebastián o Sant Feliù de Llobregat? ¿Habrá una cruzada para que el ‘Viva San Fermín’ se transforme en un ‘Viva la serenidad laica del Estado’?
Lo admito. Visto lo visto, no me atrevo a hacer un pronóstico.
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